La Universidad Provincial de Córdoba será sede este 18 y 19 de mayo del Primer Congreso Argentino sobre Soledad No Deseada, una problemática que la Organización Mundial de la Salud ya considera una “epidemia silenciosa”. El encuentro buscará poner en debate un fenómeno que atraviesa distintos sectores sociales y que, según datos del Instituto de Planificación Municipal, ya tiene fuerte impacto en la salud mental: cerca del 30% de las llamadas al 0800 municipal corresponden a personas que simplemente buscan alguien con quien hablar.

En el caso de los hombres gay, la soledad adquiere características particulares en tiempos de hiperconectividad digital. Aunque las aplicaciones y redes sociales multiplican las posibilidades de contacto, especialistas y referentes de la comunidad advierten que muchas veces esas interacciones resultan superficiales y efímeras. La paradoja, señalan, es que se puede estar rodeado de perfiles y conversaciones, pero aun así experimentar un profundo sentimiento de aislamiento.

La problemática también se transforma según las distintas etapas de la vida. Durante la juventud, las exigencias vinculadas a estándares estéticos y de pertenencia suelen generar frustración y sensación de exclusión. Más adelante, aparecen otros factores, como el desarraigo de quienes llegan a grandes ciudades en busca de mayor libertad o la ausencia de modelos familiares tradicionales que funcionen como red de contención.

Incluso en relaciones estables puede aparecer lo que algunos especialistas denominan “la soledad de a dos”: vínculos donde, pese a la compañía, persiste la sensación de aislamiento cuando toda la carga emocional recae exclusivamente en la pareja. En ese contexto, la exploración de nuevos modelos relacionales, como las triejas o las llamadas “familias elegidas”, surge como una estrategia para ampliar redes afectivas y fortalecer el acompañamiento cotidiano dentro de la comunidad LGBTQ+.

Los expertos coinciden en que la soledad no deseada tiene consecuencias directas sobre la salud física y mental. Frente a este escenario, el desafío pasa por reconstruir vínculos reales y generar espacios comunitarios capaces de ofrecer contención, cuidado y pertenencia, más allá de las pantallas y de las dinámicas fugaces de la virtualidad.