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jueves, septiembre 23, 2021

El Reino: Los imaginarios sobre evangélicos en la pantalla

Por Melisa R. Sánchez (CIJS – CONICET / FCS- UNC) El tema de los evangélicos parece estar en boca de todos a partir de la serie de Netflix El Reino. Sería ideal que esta inquietud se vehículizara hacia una mayor comprensión y conocimiento de este sector de la sociedad, cuya realidad dista mucho de lo que se puede ver en la serie ficcional.

La serie aborda excelentemente el tema del poder y la política, las estrategias lobbistas y los intereses encontrados, pese a caer en lugares comunes. El tema conflictivo se presenta cuando uno de estos personajes en disputa del poder es un pastor evangélico. Es real que muchos pastores asumen formas de poder similares a las del poder empresarial y comprenden el campo político partidario como una arena plausible para instaurar los valores que para ellos son parte de la revelación divina.

Sin embargo, ante el gran desconocimiento existente sobre la variedad posible de formas posibles de congregarse y ser evangélicos/as,  es muy fácil sobre-generalizar y tomar asociaciones libres como verdades. Tal vez no sea desconocimiento, sino un intento de aglutinar las características de distintas corrientes evangélicas en un mismo personaje, lo que produce este sujeto evangélico satirizado. Este desconocimiento por parte de periodistas, opinólogos y la sociedad en general deviene de la confluencia de:  a) la jerarquización de las creencias que muestra un histórico catolicocentrismo, que posiciona a otras religiosidades y creencias en posiciones no solo de inferioridad sino de desprestigio -cuando no de demonización, nombrándolas como sectas o cultos satánicos por ejemplo; y b) de perspectivas filosóficas y sociológicas que promueven un imaginario de sociedad secular como sinónimo de progreso y democracia, acompañadas muchas veces de posicionamientos anti-religiosos que no reconocen las diversidades de las creencias y la participación social de los creyentes como actores legítimos.

Como investigadora y estudiosa del campo religioso desde las ciencias sociales y también por haber habitado la fe evangélica, no pretendo realizar una crítica a efectos de desmentir los intereses que algunos referentes religiosos puedan tener en la política. Más bien, intento poner el signo de interrogación sobre aquellos elementos que hacen a la construcción del “sujeto evangélico” en la serie y que no sólo distan de la realidad sino que sugieren un gran desconocimiento de este sector de la población y hacen poco verosímil a dicha ficción. Esto constituye un obstáculo en la interpelación de les espectadores provenientes de sectores evangélicos en torno a las relaciones de poder.

– Mi crítica no tiene que ver con la calidad de les actores, quienes tienen créditos suficientes en su haber para asumir el desafío de encarnar estos personajes, sino con la encarnación de formas y singularidades de les creyentes vinculados a los gestos y expresiones corporales. Para les creyentes, la fe se vivencia en la vida cotidiana, en la oración en la mesa, en la lectura bíblica individual en la casa, con el “devocional” y la revelación divina como parte de ese proceso. Las bendiciones son espontaneas, con lenguaje coloquial entreverado con expresiones litúrgicas, sin dejar de lado las emocionalidades que atraviesan la situación. Las oraciones con los ojos cerrados, la intimidad de la lectura bíblica y la oración en la intimidad del hogar, y no necesariamente en un templo. Expresiones como “evangelista” o el “nosotros no prometemos” que dice la pastora, cuando en realidad lo que no se hace es el Juramento, son sutilezas que generan “ruidos” al momento de identificarse con el personaje.

-La estética: Se presenta a las mujeres evangélicas -también a los varones, pero de manera menos evidente- con vestimentas que casi parecen de monjas o con un estilo asociado a modelos norteamericanos de evangélicos de los años 60. Las mujeres evangélicas locales visten acorde a la moda y a la estética propia de su sector social y tienen la capacidad de reapropiarse de esta de manera tal de poder conservar la decorosidad que se espera de ellas. Hay que señalar, además, que los tatuajes, piercings, tinturas y estéticas provenientes de distintos grupos y sectores urbanos y sociales se pueden ver normalmente en las iglesias evangélicas. En esto, la producción cinematográfica pierde la posibilidad de dar cuenta del control sobre los cuerpos y la estética sin caer en estas formas inverosímiles sobre la vestimenta.

– La disposición espacial del templo y la performance que se presenta en la serie no refleja la realidad de los templos evangélicos, mucho menos de los pentecostales que suelen ser las congregaciones más masivas (que supongo son las que quieren reflejar). Los cultos suelen ser efusivos, con despliegue de danzas y multiplicidad de instrumentos musicales, con manos en alto y confluencia entre la vivencia individual del goce con el momento colectivo compartido. Algunos de ellos presentan repertorios mas cercanos al rock, al pop, otros prefieren ritmos folklóricos y algunos eligen ritmos caribeños, cuartetos y cumbias. La batería, guitarras eléctricas, bajos, pianos, percusiones varias no faltan, sin olvidar las panderetas pandero (esta diversidad esta excelentemente retratada en el documental “El Culto” (2021) de Almendra Fantilli). Otro aspecto llamativamente ausente en la performance del templo es la ausencia de niñes y adolescentes quienes participan activamente de estos espacios.

-La transmisión de principios y discursos “pro-vida” aparecen explícitos y burdos. Creo que en esto hay un gran desaprovechamiento del recurso cinematográfico. Si el objetivo de la ficción era reforzar la vinculación entre sectores evangélicos con los movimientos en contra de la ampliación de derechos no-reproductivos, se pierde la posibilidad de dar cuenta de las tramas discursivas y formas capilares de control de los cuerpos, que va mucho más allá de lo que se dice desde el micrófono. Estos principios vinculados a los valores como la familia y la maternidad como don divino, se cuelan en las relaciones interpersonales de la vida cotidiana y se acompañan con interpretaciones bíblicas acordes a sus intereses.  

-Finalmente, se asume una feligresía sumisa y acrítica, que repite consignas sin mediaciones propias y que no percibe las contradicciones y las relaciones de poder. Buscan así sostener la idea del voto religioso, como si la religión fuera el único determinante de la toma de decisiones de las personas y de la construcción de sus identidades. Desde una mirada interseccional, al menos se debería contemplar los atravesamientos de género, generación, raza y sector social -sumado a lo religioso- para comprender los posicionamientos de las personas como agentes sociales y políticos. Sobre este tema hay numerosos estudios sociológicos que dan cuenta de que en nuestro país no existe tal voto evangélico en términos de votos cautivos.

ACIERA, por su lado, debido a sus intereses y disputas en el campo político, pone en el eje de la discusión el carácter feminista de la guionista, arguyendo que busca crear estereotipos basados en prejuicios discriminatorios. Peca así de lo mismo que se le critica a la construcción del sujeto evangélico en la serie: asumir a les espectadores como agentes acríticos, sumises a lo que las producciones cinematográficas y/o los feminismos digan. Tal vez esta forma estereotipada de comprender al publico por parte de ACIERA sea un catalizador de cómo comprenden las diferencias de posiciones al interior de su propio campo y de cómo el autoritarismo es una forma de sostener la hegemonía teológica e ideológica en estos espacios.

Celebro la concepción del arte como dispositivo de disputa de sentidos y para poner en relieve problemas sociales. La serie no crea prejuicios y estereotipos, como manifestó el sector religioso a la defensiva. Estos son preexistentes y están en circulación permanente en los discursos mediáticos y del sentido común, sustentado en acontecimientos reales como la Biblia en manos de Añez en el golpe de estado, Bolsonaro y las expresiones anti-democráticas de muchos referentes religiosos y sociales en nuestro país en los últimos años.

No haber desandado estos prejuicios, queriendo homogeneizar la diversidad del campo evangélico en los personajes presentados, puede que sea el talón de Aquiles de la producción. El principal problema de esto es, que estos “ruidos” obstaculicen la identificación e interpelación de los mismos sectores religiosos, generando mas reacciones de defensiva que reflexiones sobre cómo circula el poder en las propias instituciones eclesiales y su relación con el campo político partidario.

Este texto se puede leer también en Diversidad Religiosa http://www.diversidadreligiosa.com.ar/blog/

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